sábado, diciembre 06, 2008

Salvado

La recuerdo sentada en medio de la carretera, a medio vestir, tarareando el estribillo de una canción que ella misma había inventado. A su alrededor todo era artificial y mecánico, extraño y despreciable. Ella, en cambio, era pura de espíritu. Vestía como una fulana, eso es cierto, pero tenía un gran corazón.

Después de cada estrofa, expulsaba el humo del cigarrillo bizqueando sus preciosos ojos vidriosos. Era en esos momentos en que dejaba escapar de entre sus labios esa neblina grisácea, que el mundo se detenía y yo empezaba a sentirme seguro. Sabía que mientras aquella joven permaneciese allí sentada, yo me seguiría sintiendo vivo.